martes, mayo 12, 2009

Ayer

Ahora, que es como si el mundo estuviera ya resuelto, Umberto Eco escribe sobre historia y Derrida deconstruye, aparece esa pieza que desarma el tablero que tanto tiempo llevo ensamblar, desde el remordimiento, desde la angustia lubrica, busca un amor último entre todos sus primeros amores. Vuelve a la Argentina, como si eso significara algo, como si los continentes, los viajes, los hospitales, los barcos, los aviones fueran algún tipo de legitimación de la distancia.
Welcome and tell me all about yourself, así me dijo, y le creí, creí que le interesaba, creí, acaso por costumbre de creer, por creer o por costumbre.
Fui gustoso, caminé, como nunca camino, por ir a un lugar, en ningún tiempo importó mucho el llegar, pero esta vez iba apresurado, con esa sensación pavorosa de lo inaugural, aunque fuera la segunda vez, la segunda en nosotros, claro, porque seria interminable para cualquiera recordar cuantas veces es esta primera vez.
Volver al viejo barrio, a la misma calle, recorro en la memoria el encarnado camino, discurro en el rumbo ya sabido. Poco cambió, el paisaje se empecina, como nosotros.
No había ineditismo alguno, simplemente intentamos ver que éramos ahora, con el tiempo incumplido, con la vida que nos pasó, y nos pasa. Dudosamente me reconoció desde la esquina, y, juro, la vi igual, diminuta y maleable, como siempre, esquiva y satisfecha, así, como nunca. Yo, de príncipe azul, a viejo verde, sin escalas; ella, trazada por los años, con su sonrisa de sal, aun revive cualquier crepúsculo.
Ya no son esos momentos esplendidos en que uno podía convertir a cualquier mujer en una esposa vistosa. Ambos lo sabemos.
Tiene miedo, apenas lo dice, recuerda aquello que hizo que no pueda ser, porque siempre intentó doblegar eso que la atraía, inadvertidamente me cuenta como triunfó en la vida, como si no lo supiera; se describe, otra vez y llega dócilmente como loto que emerge en los estanques del olvido a un presente anheloso y sorpresivo.
Sin piedad, sin compasión, nuestros ojos se miraron, y de nuevo fue posible. Con Alonso Quijano, con Cyrano de Bergerac, con Isidoro Tadeo Cruz, con ellos, y lo que queda de mí, vindico el gesto, cuando ya nada se espera.
La realidad a veces es más fuerte; si no fue verdad, finjamos que lo tuvimos, porque eso está.
Contemplando mansamente los restos del naufragio, recién llegadas las primeras luces, adereza bellamente lo ocurrido, apenas tomamos ese café que sigue siendo negro, con poco que decir, sin nada que perder.
Tal vez por eso, se va. Sigue yéndose.
El pudo haber sido ¿pero que es eso?
¿Alguien acaso lo sabe?

…falta sempre uma cosa, um copo, uma brisa, uma frase,
e a vida dói quanto mais se goza e quanto mais se inventa.


Fernando Pessoa

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